En el alto de un semáforo tienes un minuto para sorprender

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La calle es el único lugar que nunca dejaré; tengo mi semáforo y de ahí no me muevo, pues ya tengo mi público, expresó en entrevista Iván Castro Ceferino, malabarista y payaso.

Mi función dura lo que tarda en ponerse el verde. Esto comenzó como pasatiempo. Primero patinaba con un primo, diario, hasta que se nos descompuso la patineta. Entonces mi primo llegó con una idea después de haber visto a un chavo en el Metro, en el Zócalo, por lo que decidimos dedicarnos a esto. Ponerse la nariz de payaso es una carga muy pesada.

Iván forma parte del Taller de Teatro y Artes Circenses de la Fábrica de Artes y Oficios (Faro) de Texcoco, al que acuden unos 15 niños y jóvenes que trabajan, en su mayoría, en las esquinas de las avenidas de Texcoco. Un problema que tenían era que los policías los correteaban por chambear en la vía pública, pero eso ya no ocurre, porque las autoridades municipales ordenaron que ya no los molesten.

La nariz roja no te hace payaso: “Implica una gran responsabilidad, porque tienes que satisfacer a tu público, entenderlo. Sí, he fracasado, pero es una lección. Los tropiezos enseñan lo que no se debe hacer. Mis especialidades son las pelotitas de malabarear. Ya levanto seis. Hago lo básico, que se llama puente: sostener tres pelotas en cada mano. Vas agarrando el ritmo, como si fuera música. Lo más que he trabajado ha sido en la calle, sobre todo en semáforos y plazas.

“Me fui con unos amigos a Guadalajara, en los Panamericanos; ahí estuvimos trabajando. He estado en fiestas de 15 años, en bares, donde me di cuenta de que éramos como parte de la decoración, porque no nos hicieron caso.

“La diferencia de hacer un número en un semáforo y en un escenario consiste, primero, en el tiempo. En un escenario el público ya viene a ver algo. En un semáforo tienes un minuto para sorprender. Los niños se emocionan. Antes patinaba y estudiaba. Quiero regresar a la escuela, pero ahora mantenerme ya depende de mí y es difícil.

¿Mis papás? Ahorita ya no pueden apoyarme, porque tengo más hermanos. Sí, en parte ellos me cortaron la ayuda y en parte yo me la corté.

Ahora es parte del Colectivo Mil y Un Carpas, de Texcoco. “Tenemos problemillas, a veces, pero vamos saliendo. Somos ocho personas. Las mujeres tienen el gusto por esto, que es lo más importante.

No me fijo en eso del nivel, sino en las ganas de hacer las cosas. Ellas son hábiles con los aros, con el ula-ula. A mí me gustaría estar en otro tipo de escenarios. Confío en que podamos hacer grandes cosas.

Quien quiera ver a Iván puede acudir al semáforo de la Universidad del Valle de México, de Texcoco. Ahí estoy todos los días desde las cuatro de la tarde, en el Parque de la Juventud.

El escenario, un gran salto

Iván Rodríguez, maestro del Taller de Artes Circenses, expuso: “Ser clown lo veo como un estilo de vida, porque transforma. Son artistas completos. Se dice que un clown hace malabares y sí, pero no es todo. Tampoco es artista de circo. Para nosotros, es un trabajador social. El individuo cambia porque es una especie… chamánica. Tiene que sentir todo a su alrededor. Un clowndebe, primero, saber quién es para generar un vínculo por medio del juego.

“Los muchachos que vienen se expresan en la calle. Yo pensaba que les iba a enseñar, pero yo he aprendido mucho de ellos. Algunos no tienen familia y llevan tres o cuatro años en la calle. Oscilan entre los 18 y los 23 años; hay dos que tienen 15 años, una 16, que sí son hijos de familia. Todos comparten sus experiencias.

“Que ahora se presenten en un escenario es un salto tremendo para ellos. Saben que esto será definitivo para su futuro. Esto les cambia el chip y ya piensan ser profesionales; antes sólo querían obtener una moneda.

“Para mí la calle… Yo salí de mi casa a los 14 años y viví en la calle un año, aproximadamente. En la calle hay reglas establecidas, pero no dichas. Si te dicen que tienes que formarte te tienes que formar. Para ellos, llegar temprano al ensayo se les complica mucho. En la calle viven libremente. Sus reglas son distintas y saben que si no trabajan no comen, no hay para la renta. Varios están pagando una casa o la rentan. La calle me marcó; viví hasta en un microbús.

Mis alumnos ya ven diferente pararse en un semáforo. Si se preparan más es posible que ganen más monedas. Subirse a este escenario (del Faro) ya les da esa experiencia de pensar en ser algo más. Sí se puede, y saben que no siempre existe la posibilidad de ser contratado. Antes de que formaran su colectivo tuve la oportunidad de trabajar con otro grupo de muchachos, algunos de los cuales dejaron la escuela. Yo les dije que no se trataba de eso, que podían equilibrar. El siguiente paso es instarlos a que sigan sus estudios. Algunos no terminaron la secundaria, por ejemplo.

Lamentó que haya gente que sube sus vidrios cuando se acercan los payasitos. Eso baja la moral; lo pasé, lo viví, lo sufrí.

–¿Por qué haces esto, Iván?

–Mucha gente se queja de la situación del país. En mi caso, quiero dejar a mi hija un país y un futuro diferentes. Ese es mi sueño. No busco la parte económica; esa llega como consecuencia de las buenas acciones. También doy clases en una universidad del gobierno del estado de México. Me pagan poquito, pero si es necesario me quedo dos horas más.

En el Faro Texcoco hay actividades de música, deporte y baile, artes y oficios, y programas educativos.

La Jornada

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